La Alameda de Curicó es el paseo clásico de la ciudad: un corredor verde y arbolado donde los senderos, las bancas y el ritmo de la vida cotidiana se cruzan sin apuro. Ahí se respira sombra en verano, se camina después del trabajo, se conversa con amigos y se mira pasar la tarde mientras los niños juegan y los deportistas aprovechan el espacio abierto. Es un lugar simple y querido, hecho de rutinas compartidas.
Más que una avenida, es un punto de encuentro que sostiene la memoria curicana. Entre sus árboles añosos y su trazo amplio conviven ferias, actividades culturales y momentos pequeños —un café al paso, una foto familiar, un saludo de vecindad— que le dan identidad a la ciudad. La Alameda guarda ese equilibrio entre naturaleza y vida urbana que hace que, al recorrerla, uno sienta que Curicó se cuenta a sí misma.
Deja una respuesta